La campaña de la conquista del desierto que culminó en 1879 con el traslado de las fronteras internas a Río Negro, por parte de Roca y del ejército nacional por sobre las tierras de la población indígena, y la guerra del Chaco son dos momentos en los cuales de distintas maneras se expresa la necesidad de construir el estado nación que resguarde los intereses de la clase dirigente. En Argentina, la necesidad de tener esas bases que permitieran la explotación de más tierras para la ganadería y la agricultura generó una expansión centrífuga hacia el resto del país buscando ampliar la concepción y el manejo del gobierno a todo el país. En Bolivia la conformación de las clases nacionales que se identifican a sí mismos e identifican a la clase gobernante como la clase extranjera, se llevó adelante gracias a un movimiento centrípeto de identificación, en donde desde el conflicto internacional que llevó a la disputa con el país vecino de Paraguay, se dieron cuenta que antes tenían que conquistar su propio país desde su propia identidad nacional y cultural. Esto llevó a una disputa contra la clase dirigente imperialista y antinacional.

La “Revolución de Mayo” de 1810 provocó un cambio fundamentalmente político, en donde “las clases dominantes continuaron siendo los terratenientes y comerciantes criollos e hispanos”, como argumenta Milciades Peña. La alta burocracia que respondía a los intereses directos de España fue expropiada de su control sobre el estado. Esa clase dominante, que tanto deseaba desprenderse del tutelaje de los Virreyes, tomaron en sus manos el poder del estado para conseguir sus fines propios, potenciando de esa forma a las nacientes oligarquías locales que sin el estorbo de la corona española pudieron desarrollar su comercio, incorporándose al mercado mundial, sin intermediarios.

Con ese plan a la vista, en los posteriores años se fueron reacomodando algunas piezas que buscaron explotar de la mejor manera los fines que perseguía esta clase dominante. Uno de los problemas más importantes que encontraron fue el relacionado a los límites que tenía el territorio, la dimensión del mismo, su población y cómo poder aglutinar, concentrar y dirigir a todos esos sectores de la forma más provechosa posible. Empieza a estar presente de forma más continua el debate y las acciones para avanzar en la construcción del Estado que permitiera asentar las bases para el tipo de estado con el proyecto económico y político al que quería llevar la clase dirigente, fundamentalmente la oligarquía, latifundistas y la burguesía comercial.

Pese a algunos intentos en los años de Rosas como gobernador, en 1879 culminó la campaña por la que Julio Argentino Roca, por entonces General, y el Ejército hicieron más que trasladar al Río Negro la frontera interior, tal como anuncian las leyes de la época, dieron continuidad real al espacio geográfico nacional (Terzaga, 1976: 155). Para “conquistar la Patagonia” tuvieron que someter a la población indígena de esas regiones, de esa forma pudo encontrar la matriz y la institucionalización de la “República Conservadora” (Viñas, 1983: 17) mediante el acuerdo entre el ejército y la oligarquía.

Como afirma Leopoldo Lugones en su libro Roca

“Toda nación, como entidad viviente y política según su sentido propio, vale decir, racionalmente dispuesta, es una construcción determinada por la necesidad de instalarse los hombres que la forman, el método con que procuran realizarla en satisfactorias condiciones de seguridad y bienestar, los medios de que a este efecto disponen, y la aspiración de mejorarla que abrigan.

(….) El objeto de la historia es averiguar cómo se formó la nación, para saber de qué  modo hay que seguir construyendola”

Justamente Roca retoma experiencias y análisis sobre la dimensión territorial, posicionamientos y de anteriores misiones para encarar sus tácticas. Sarmiento en su libro Facundo a la hora de mencionar la extensión del país sostiene, en los primeros párrafos del primer capítulo, que es “el mal que aqueja a la República Argentina”. Continúa describiendo el territorio diciendo que “El desierto la rodea por todas partes y se le insinúa en las entrañas; la soledad, el despoblado sin una habitación humana, son por lo general los límites incuestionables entre una y otra provincia”. El autor deja en claro una descripción desértica de las zona con un grado de improvisación y de poca claridad a la hora de definir los límites dentro del territorio nacional. En ese sentido, el “conquistador del Desierto” tuvo una posición distinta con respecto a esa extensión que para Sarmiento era un “mal”. Con la campaña que culmina en Choele Choel en 1879 expande la extensión del territorio nacional, retomando una presencia fuerte bajo los límites del antiguo Virreinato que se habían perdido en aquellos años hacia el Norte y el Oriente. (Terzaga, 1973:157)

A la hora de hablar de sus habitantes, los que lindaban con las zonas “civilizadas”, comenta que “al sur y al norte acechanle los salvajes, que aguardan las noches de luna para caer, cual enjambres de hienas, sobre los ganados que pacen en los campos y sobre las indefensas poblaciones”. Con respecto a esta problemática que estaba totalmente ligada a cualquier táctica que buscara abordar esos terrenos, Roca se diferencia de Adolfo Alsina, su antecesor, quien se detuvo en una táctica más defensiva relacionada a la construcción de fortines y zanjas. Roca se plantea la misión ambiciosa de reafirmar los límites, como se deja asentado en documentos históricos, que aclaran que el territorio nacional se extendía desde Jujuy a Tierra del Fuego y desde la Cordillera hasta el Atlántico, saliendo con un planteo táctico de ofensiva buscando expandir esas fronteras internas.

Roca encaró esta campaña con una visión de lo que se había realizado en Estados Unidos para luchar contra los indios a fines del siglo XIX . También tomó en cuenta lo que había hecho Rosas en sus últimos años de su primera gobernación. Entre 1833 y 1834, Juan Manuel de Rosas, emprendió la primera campaña financiada por la provincia y los estancieros bonaerenses preocupados por la amenaza indígena sobre sus propiedades. En esta expedición, que recibió el apoyo de las provincias de Córdoba, San Luis, San Juan y Mendoza, tuvo en Rosas a alguien que pudo combinar la conciliación con la represión: Pactó con los pampas y se enfrentó con los ranqueles y la Confederación liderada por Juan Manuel Calfucurá. Finalmente el saldo fue de 3.200 indios muertos y 1.200 prisioneros. Esta estrategia se convertirá en modelo para la campaña roquista de 1879.

Este avance sobre esos territorios tenían un fin militar y económico, recostado sobre los intereses de la explotación de esas tierras por parte de los estancieros porteños, en su mayoría. La incorporación de la Pampa y la Patagonia agregó al país el doble de espacio del que tenía por ese entonces, dándole más territorios a las provincias interiores y modificando el triángulo político entre el litoral, el interior y Buenos Aires. Esta expansión posibilitó el surgimiento de un Estado con las bases necesarias para pensar a la Nación en su conjunto y no desde aquellas tres unidades básicas (Terzaga, 1976: 169).

Para consolidar al Estado Nacional era necesario tener una clara delimitación de sus fronteras con los países vecinos, algo que se logró con esta campaña expandiendo fronteras internas y  tomando un control político sobre regiones que estaban en manos de las poblaciones indígenas y a las que venía reclamando Chile durante décadas.

Con respecto a los objetivos políticos de Roca se encontraban dos, uno en el plano local y otro en el mapa latinoamericano. Desde los acuerdos que tuvo con el latifundismo exportador, fundamentalmente de la Provincia de Buenos aires, desde los cuales emprendió la Campaña, extendiendo las fronteras y asegurando los territorios que luego se repartió entre estos siendo el punto de partida de la Argentina oligárquica, Roca buscaba hacer sentir su prestigio político respecto a otro de los candidatos a la presidencia y a la sucesión de Nicolás Avellaneda, Carlos Tejedor. El otro objetivo fue mostrar su poderío respecto de Chile, en el marco de los avances por parte de este país sobre territorios ubicados en el Perú y Bolivia y con pretensiones en la Patagonia.

Una vez cumplidos los objetivos militares, llegó la hora de repartir esas 15.000 leguas cuadradas conquistadas:

Según el balance en números que realiza Felipe Pigna, la ley de remate público del 3 de diciembre de 1882 otorgó 5.473.033 de hectáreas a los especuladores. Otra ley, la 1552 llamada con el irónico nombre de “derechos posesorios”, adjudicó 820.305 hectáreas a 150 propietarios. La ley de “premios militares” del 5 de septiembre de 1885, entregó a 541 oficiales superiores del Ejército Argentino 4.679.510 hectáreas en las actuales provincias de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut y Tierra del Fuego. La cereza de la torta llegó en 1887: una ley especial del Congreso de la Nación premió al general Roca con otras 15.000 hectáreas (Que luego se expandieron a 65.000 gracias al otorgamiento como premio “de los servicios prestados a la provincia con la transalación de la frontera al Rio Negro” de 50.000 hectareas más).

La llamada “conquista del desierto” sirvió para que entre 1876 y 1903, es decir, en 27 años, el Estado regalase o vendiese por monedas 41.787.023 hectáreas a 1.843 terratenientes vinculados estrechamente por lazos económicos y/o familiares a los diferentes gobiernos que se sucedieron en aquel período.

El objetivo militar, económico y político que representó la Campaña final de la conquista del desierto, que culminó en 1879, se llevó adelante con la previa matanza de miles de indios de esas regiones, masacrando tribus para poder ocupar tierras que luego las vendería a precios irrisorios a los terratenientes y latifundistas de la Provincia de Buenos Aires de la forma en la que se detalló en el balance de Pigna.

Crónicas de la época relatan los hechos como un “crimen de lesa humanidad”, también comentan que “la carnicería que se ha hecho con los indios es bárbara y salvaje” y que “esos indios fueron encerrados en un corral y fusilados, así como animales y peor”. El roquismo como parte de la elite liberal argentina consideraba a los indios como “enemigos prioritarios generalizados”.

Además de conquistar sus terrenos y venderlos, Roca, de acuerdo al trabajo de la historiadora Diana Lenton, le mandó una carta al gobernador de Tucuman, Domingo Martinez Muñecas, en donde le anunciaba que iba a enviarle a esa provincia una cantidad de indios pampas y ranqueles a cambio de apoyo político para su campaña presidencial. Muchos intentaron justificar el accionar de exterminio indígena por parte de Roca, viendo esta campaña como necesaria para que la Argentina se insertara al mundo, porque de alguna manera esos indios eran “indios chilenos” y debía reflejarse la superioridad del más fuerte. Felix Luna llegó a decir que “Con errores, con abusos, con costos, hizo (Roca) la Argentina que hoy disfrutamos”. Bayer recopila estas declaraciones para compararlas con discursos que pueden justificar el exterminio de millones de judíos con la prédica de que deberían sobrevivir los más fuertes y superiores, como pregonaba el nazismo.

Según informes del gobierno, artículos periodísticos y partes militares se solía referirse al sometimiento y a la redención de la población indígena. El primer término estaba relacionado al arrebato de los campos de pastoreo de sus campos y asegurar la tranquilidad de las poblaciones fronterizas y “exterminarlos si no quedaba otra alternativa”. Con la redención se buscaba incorporar al indio a la dinámica de la ciudad, en otras palabras: eliminar la cultura indígena, las tribus y absorberlos en la “cultura civilizada”. En definitiva por una vía o por la otra, lo que se buscaba era suprimirlo para entregarle esas tierras a los terratenientes porteños.

Esa construcción del Estado se realizó sobre la base de un discurso racista sobre el otro que también habitaba el suelo del mismo territorio nacional. La burguesía criolla había actuado con la misma política hispánica de exterminio y se jactaba de haberle puesto el punto final en la Argentina a ese proceso de conquista y colonización.

Se buscaron afianzar los límites nacionales para empuñar el poder del estado sobre esos dominios con un fuerte rechazo a una identidad nacional por una rígida preocupación, en el ingreso al mercado mundial, de generar las vías de comercialización que beneficiara a la economía nacional en su integridad más que a los terratenientes y a la burguesía comercial.

Terzaga afirma que si la Oligarquía porteña carecía de un concepto territorial de la Nación, era porque no era una clase nacional. El regionalismo exportador en América Latina sólo era apto para formar Estados, en modo alguno Naciones (Terzaga, 1976:161).  Desde un principio, sostiene Milcíades Peña que la burguesía y burocracia local buscó la independencia de América Latina para facilitar la incorporación al mercado mundial y su subordinación sin intermediarios al capitalismo inglés, y de esa manera tener un intercambio más libre con Inglaterra sin interferencias virreinales. No tuvieron la voluntad política, la clase dirigente de la revolución de mayo ni las posteriores, en realizar una transformación de la estructura económica y social.

Al terminar su campaña, Roca escribía: “La ola de bárbaros que ha inundado por espacio de siglos las fértiles llanuras ha sido por fin destruida”. Luego informará al congreso que “el éxito más brillante acaba de coronar esta expedición dejando así libres para siempre del dominio del indio esos vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de deslumbradoras promesas al inmigrante y al capital extranjero”.

En síntesis, desde la Revolución de Mayo hasta los años en donde Julio Argentino Roca incursionó en la política para luego ganar la presidencia por su labor en la patagonia, hubo una clase dirigente que buscó la independencia para insertarse plenamente en el mercado mundial y comercializar sin intermediarios con Europa. En esa búsqueda, primero con Rosas y luego con Roca, se inició y culminó una campaña para expandir las zonas fronterizas con las poblaciones indígenas que dificultaban la expansión de la ganadería y agricultura que formaban parte de los productos que comercializaban los latifundistas y terratenientes porteños. Hasta la misión que encaró Roca, Buenos Aires había tenido una política de achicamiento geográfico que le hizo perder el dominio en algunos territorios que formaban parte de la antigua etapa Virreinal.

La preocupación por los terrenos de la Patagonia, las pretensiones de Chile por avanzar sobre esa región luego de ganarle territorio a Perú y a Bolivia, terminaron de darle forma y motivos al por entonces General Julio Roca para emprender una misión que buscaba expandir esas zonas fronterizas conflictivas con los indios, afianzar los límites con los países vecinos y darle la fisonomía política geográfica que históricamente documentada le correspondía a la Argentina. Con un exterminio indígena mediante y con la posterior venta a precios irrisorios a los terratenientes porteños, que luego respaldarían la candidatura a presidente de la nación de Roca, termina esa Campaña que deja las bases para el desarrollo en su plenitud del estado liberal oligárquico al que iba luego a conducir desde su gobierno, luego de la presidencia de Nicolás Avellaneda.

Esas bases a la que llegó Roca y el ejército argentino se sustentaron en la preocupación de extender el control con un movimiento centrífugo con su base en Buenos Aires, para darle forma la cuestión nacional, a la recuperación de los límites fronterizos internacionales, al ejercicio político pleno en toda la región y al intento de hacerle pensar a las clases nacionales, que no existían hasta que hubo un respaldo objetivo para su desarrollo como lo fue la ocupación de esas tierras, en términos de nación, expandiendo los triángulos o cuadriláteros en los que se habían achicado los anteriores gobiernos centrandose en el interior, Buenos Aires y el Litoral.

En Bolivia hubo un efecto contrario. Fue la Guerra del Chaco el puntapiée para que comience la conciencia y la rebelión de las clases nacionales, como en un sentido de fuerza centrípeta la identidad y la concepción de nación fue ganando terreno en los soldados, trabajadores y campesinado boliviano luego de ese conflicto bélico.

¿Qué pasó en el Chaco? Bolivia y Paraguay se vieron sumergidos en un conflicto en donde el objetivo fue el petróleo que aparentemente existía en grandes cantidades en la franja subandina del sudeste boliviano. Esta zona había sido entregada para su explotación en calidad de concesión a la Standard Oil. Interesados por esos recursos, la Royal Dutsch Shell usará a Paraguay como punta de lanza para conseguir el dominio de esas riquezas, que la Standard Oil sabía que no eran suficientes para considerarlas como parte de un importante yacimiento.

René Zavaleta Mercado en su libro Bolivia , el desarrollo de la conciencia nacional explica que “Salamanca lleva a Bolivia a la guerra sin ningún objetivo estratégico, su fin era ganar la guerra. (…) El Chaco era el fracaso de una retórica, de la retórica liberal”. Este autor caracteriza la oligarquía boliviana como anti-nacional, por “representar en lo nacional a los intereses extranjeros”.

La guerra del Chaco representa para este país el fracaso de la república liberal porque descubre, como afirma Zavaleta Mercado, que no es una nación. Los bolivianos comprenden que, mientras defienden territorios de su país, tienen que conquistar el pais histórico cuyo enemigo no es justamente el Paraguay. Es así que los soldados, que provienen de distintas regiones del país comienzan a hacerse preguntas. (Zavaleta Mercado, 1990: 49).

La guerra del Chaco genera el encuentro de quienes fueron a combatir para proteger los suelos de su patria pero que terminaron encontrando los cimientos de la construcción de una conciencia nacional de una patria que era distinta a la que, por entonces, intentaban construir quienes la dirigían. Entran en contacto las clases nacionales personificadas en los campesinos, proletarios y los sectores medios y empiezan a avizorar que esa nación fáctica podía dejar de ser un paisaje de la resistencia introvertida para encarar el ingreso a la historia real del país.  

Este camino Zavaleta Mercado lo describe como “El tránsito de la nación fáctica a la nación para sí misma, del país resistente al país histórico en un proceso por el cual, después de haber resistido a la negación de la nación, las clases que la contienen, niegan la negación de la nación y tratan de realizar un Estado nacional, en sustitución de las semiformas estatales creadas por las clases extranjeras”.

La clase extranjera que comenta Zavaleta Mercado es la misma clase opresora, la oligarquía boliviana que poca relación tenía con las referencias culturales de la nación boliviana. Dos de sus máximas expresiones eran los latifundistas y el el capitalismo minero, fuertemente ligado al imperialismo y que tuvo a Simón Patiño, el rey del estaño, como una de sus caras visibles. A medida que se acentuaba el carácter anti boliviano de la burguesía y de los latifundistas, las clases nacionales se radicalizaban.

Estas clases nacionales tuvieron a lo largo de la historia un rol que fueron rellenando con su esencial característica. El campesinado que en el paso al capitalismo, y con un factor selectivo de por medio, se convierte en un miembro del proletariado minero que termina siendo el protagonista más importante de las revueltas populares en las que intenta expresarse esa radicalización de las clases nacionales, en la búsqueda de la formación del estado nacional por el que luchaban.

En estos países semicolonias a la hora de pretender realizar ese Estado nacional que favorezca su desarrollo se encuentran con los límites que le marca el imperialismo. A la hora de construir esa organización por la que pueden crear su unidad nacional, su identidad cultural y realizar su soberanía, aparece en escena la última fase del Estado Nacional de los países opresores, el imperialismo, obstaculizando su realización. En caso de que pueda triunfar finalmente el desarrollo del Estado nación países como Bolivia, y puedan juntar éxitos, terminarían perjudicando las riquezas de las naciones imperialistas. Zavaleta Mercado afirma que el desarrollo de estos países “sólo puede hacerlo aprovechando coyunturas de emergencia política en los países del centro, como las guerras, o movilizando revolucionariamente a sus masas, haciendo la Revolución.” Para eso es fundamental a la hora de hablar de nacionalismo en bolivia, hablar de movilización de masas que permitan la toma del poder del estado por las clases nacionales enfrentadas al imperialismo que tienen los mismos intereses que la oligarquía local, “una casta extranjera que ocupa el país y le impide realizarse”. (Zavaleta Mercado, 1990: 79-80)

En Bolivia, desde la Guerra del Chaco, en un clima de conflicto bélico similar en ese sentido con lo que ocurrió en la Patagonia en donde el ejército argentino emprendió una misión de conquista de esos terrenos, los soldados bolivianos volvieron con más preguntas que certezas. Los campesinos y trabajadores del Chaco encontraron que estaban luchando por territorio que antes debían conquistar, el suyo, hacerlo suyo. Los soldados bolivianos, de distintas regiones, en ese emprendimiento militar se dan cuenta que la clase dirigente, quienes los condujeron a la guerra y quienes desplegaban política en su país, se sustentaba en una sector profundamente antinacional y extranjero, siendo los responsables de la entrega de los recursos del país al imperialismo europeo.

Esa guerra significó un proceso de reconocimiento del ser boliviano, de la identidad nacional, de la conformación y construcción de un estado nacional que pueda motorizar y privilegiar las demandas del pueblo boliviano como tal, que respalde su identidad cultural, su soberanía, que permita industrializarse y convertirse en una nación moderna que no esté al servicio del imperialismo británico como lo estaban dirigiendo los latifundistas y los sectores del capitalismo minero.

Bibliografía

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Zavaleta Mercado, René. Bolivia, el desarrollo de la conciencia nacional. Editorial Los amigos del libro, Cochabamba – La Paz, 1990